Dentro de pocos días tendremos que efectuar el discutido cambio de hora y adoptar el horario de verano: el último fin de semana de marzo -este año, Semana Santa- habrá que adelantar una hora los relojes (a las 2.00am serán las 3.00am) por lo que el día tendrá una hora menos y anochecerá más tarde.
Así será hasta el último fin de semana de octubre cuando tocará retrasar los relojes, volver al horario de invierno, recuperar la hora perdida y disfrutar de menos luz solar vespertina.
Se cambia la hora principalmente por dos razones:
Ahorro de energía: Al ajustar la hora para aprovechar mejor la luz natural durante las horas de la tarde, se pretende reducir el uso de iluminación artificial. Esta práctica se inició durante la Primera Guerra Mundial y se popularizó en el siglo XX con el objetivo de ahorrar carbón y, más tarde, electricidad.
Mejor aprovechamiento de la luz natural: Cambiar la hora permite a las personas disfrutar de más luz solar durante las horas en que están despiertas, especialmente en verano, lo que además del supuesto ahorro energético, puede mejorar nuestro bienestar al permitirnos más tiempo para realizar actividades al aire libre.
Sin embargo, el beneficio real del cambio de hora ha sido objeto de debate en las últimas décadas. Algunos estudios sugieren que el ahorro de energía es mínimo, mientras que otros apuntan a posibles efectos negativos en la salud humana, como la alteración del ritmo circadiano. En Europa ha sido un tema recurrente en las últimas décadas, con opiniones divididas tanto entre los países miembros como dentro de las poblaciones. Tanto es así, que la Comisión Europea se propuso que el pasado año 2019 fuese el último en el que se aplicara el cambio horario, pero las discrepancias entre los estados miembros mantiene paralizada la medida.
Las diferencias culturales, de ocio y de latitud entre los países del norte y del sur significan que los beneficios y los inconvenientes del cambio horario no se distribuyen uniformemente. Esto ha llevado a discusiones sobre si una política única de cambio horario es adecuada para toda la Unión Europea.
En 2018, la Comisión Europea propuso abolir el cambio bianual de hora y permitir que los estados miembros decidieran de forma permanente si querían permanecer en el horario de verano o en el horario estándar. Esta propuesta generó un amplio debate y aunque hubo un fuerte apoyo público inicial para la idea, la implementación se ha visto retrasada por diversas complicaciones, incluyendo la necesidad de coordinación entre los países miembros para evitar una “fragmentación del tiempo” en el bloque.
En España, ante tal posibilidad, se discute qué horario habría que mantener. Los negocios de hostelería y ocio, especialmente de la zona levantina, con clima más cálido y dónde amanece antes, defienden el horario de verano permanente. Por el contrario, Galicia y el área cantábrica, con climatología más adversa y amanecer más tardío, prefieren el horario de invierno o estándar.
Los argumentos en contra del cambio horario se basan en los siguientes puntos:
Impacto en la salud: Estudios han señalado que el cambio de hora puede tener efectos negativos en el bienestar humano, incluyendo trastornos del sueño, aumento del estrés, y problemas de salud mental. El cambio brusco en el horario puede alterar el ritmo circadiano de las personas, afectando su ciclo de sueño-vigilia.
Dudas sobre el ahorro de energía: Aunque el objetivo original del cambio horario era ahorrar energía, estudios recientes han cuestionado la efectividad de esta medida. En algunos casos, el ahorro de energía es marginal o inexistente, lo que pone en duda la necesidad del cambio de hora.
Y mientras unos discuten, otros se mantienen ajenos y conservan el mismo horario todo el año. Países situados cerca del ecuador, donde la variación en la duración del día a lo largo del año es mínima, como Ecuador, Colombia, Uganda, Kenia en tre otros; y también algunos países en latitudes más extremas que han decidido no adoptar esta práctica: Japón, India, China y Rusia (éste después de años realizando el cambio de hora, decidió mantenerlo constante).
La mayoría de los países africanos no realizan cambios de hora, salvo excepciones como Marruecos y Egipto (este último ha ido cambiando su política a lo largo de los años).




