Históricamente, ha habido investigaciones y experimentos con la idea de usar sangre de cadáveres para transfusiones, especialmente durante períodos de crisis cuando la sangre fresca no estaba disponible en cantidad suficiente.
Durante la Primera Guerra Mundial y en algunos momentos del siglo XX, hubo intentos de utilizar sangre de cadáveres para transfusiones en situaciones extremadamente desesperadas. Estos casos fueron en su mayoría experimentales y no resultaron en una práctica médica estándar debido a los problemas relacionados con la coagulación de la sangre, la posible contaminación y los resultados clínicos inciertos.
La transfusión de sangre desde un cadáver no es una práctica común ni estándar en la medicina moderna. Esto se debe a varias razones importantes:
-Viabilidad y calidad de la sangre: La sangre debe recogerse en un entorno controlado para asegurar su calidad y viabilidad. Después de la muerte, la sangre puede comenzar a coagular y deteriorarse rápidamente, lo que afecta su utilidad para transfusiones.
-Seguridad: La sangre de los donantes vivos se somete a pruebas exhaustivas para detectar enfermedades infecciosas y otros problemas potenciales. En un cadáver, especialmente si ha pasado tiempo desde el fallecimiento, el riesgo de contaminación y de transmisión de enfermedades aumenta.

Cuando una persona muere, varios cambios fisiológicos afectan la sangre, y estos cambios comienzan casi inmediatamente después de la muerte:
-Cese de la circulación: Al morir, el corazón deja de bombear sangre, lo que hace que la circulación sanguínea se detenga. Sin la circulación, la sangre comienza a acumularse en las partes más bajas del cuerpo debido a la gravedad, un proceso conocido como livideces (livor mortis). Esto causa un cambio en el color de la piel en esas áreas, generalmente volviéndose púrpura o azul.
-Coagulación: La sangre también comienza a coagularse poco después de la muerte. Los factores de coagulación que normalmente mantienen la sangre en un estado líquido mientras circula se desactivan, y la sangre se coagula en las venas, arterias y cámaras del corazón. Este proceso puede comenzar a ocurrir en cuestión de minutos y es bastante avanzado a las pocas horas de la muerte.
-Descomposición: A medida que el cuerpo comienza a descomponerse, procesos bacterianos y químicos también empiezan a descomponer la sangre. La hemoglobina, el componente que transporta oxígeno en la sangre, se descompone y puede filtrarse de los vasos sanguíneos, contribuyendo a un cambio de coloración en los tejidos.
-Cambios químicos: La muerte también altera el equilibrio químico de la sangre. Por ejemplo, los niveles de pH pueden cambiar, y las concentraciones de varios iones y gases en la sangre se desequilibran debido al cese de la respiración y la regulación metabólica.
Estos cambios hacen que la sangre de una persona fallecida sea muy diferente de la de una persona viva, tanto en términos de su composición química como de su utilidad para procedimientos como transfusiones de sangre.




